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Puede parecer una anécdota excéntrica del rock de los 80, pero en realidad es una auténtica lección de cumplimiento normativo. La historia es real: Van Halen exigía en sus contratos que no hubiera ni un solo M&M marrón en el backstage. Si los encontraban, podían cancelar el concierto con compensación completa.
¿Capricho de estrella? En absoluto. Era una cláusula trampa.
Un sistema de verificación diseñado para detectar si el promotor había leído realmente las condiciones técnicas del contrato.
En sus giras, la banda utilizaba equipos de alto voltaje, estructuras complejas y requerimientos técnicos estrictos. Si el detalle más simple (los M&M’s marrones) no se cumplía, ¿qué garantías había de que se hubiera revisado con rigor lo demás?
Esa cláusula funcionaba como un dispositivo de alerta temprana. Exactamente lo que busca el compliance moderno.
En el ámbito de la administración pública, donde la contratación representa una de las áreas más expuestas a riesgos de incumplimiento, fraude o corrupción, el ejemplo de la cláusula Van Halen ofrece una lección poderosa: la clave está en los detalles que nadie ve venir.
Incluir elementos contractuales diseñados como testigos de cumplimiento puede ayudar a:
Estas cláusulas funcionan como puntos de control discretos, que permiten a la Administración anticiparse, detectar señales de alarma y, llegado el caso, activar los mecanismos de resolución, penalización o revisión.
No se trata de cargar los pliegos con cláusulas inútiles o simbólicas, sino de introducir microindicadores de cumplimiento real. En otras palabras: M&M marrones administrativos que actúen como disparadores de alerta en fases tempranas.
Porque a veces, una cláusula que parece insignificante puede marcar la diferencia entre una contratación fallida… y una gestión pública responsable.
¿Y si trasladamos este enfoque a los contratos públicos, subvenciones o códigos éticos?
Es decir, el cumplimiento normativo no va solo de normas, sino de estrategias inteligentes para detectar señales de alerta antes de que sea demasiado tarde.
En una época en la que los sistemas antifraude y los planes de integridad son exigidos por normativa (como en el PRTR), integrar mecanismos como este en la contratación pública no es solo útil, es inteligente.
La próxima vez que revises una licitación, una cláusula contractual o un código ético, piensa en los M&M’s marrones.
Quizá no te eviten un concierto fallido, pero sí una auditoría, una sanción o un escándalo de corrupción.
Porque a veces, la clave no está en las grandes palabras… sino en los pequeños detalles
Fuente: Concepción Campos, coordinadora del Comité de Compliance en el Sector Público de WCA.

07 de Noviembre
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